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¿Por qué algunos duelos parecen no terminar nunca?

A lo largo de la vida sufrimos numerosas pérdidas. Puede decirse que la vida es una sucesión interminable de pérdidas que, a su vez, nos obligan a transformarnos, madurar y abrir espacio a experiencias nuevas, como cuando nos mudamos de casa, cuando sufrimos pérdidas económicas o cuando dejamos la vida estudiantil para entrar al mercado laboral.


Sin embargo, hay pérdidas que son mucho más dolorosas que otras, como cuando muere un ser querido.


Es conveniente señalar que la manera de vivir el duelo es muy personal, así como el tiempo que toma tramitarlo. Y nunca es un proceso automático, sino más bien es un trabajo, el “trabajo de duelo”.


En un duelo normal, centramos toda nuestra energía en el dolor que sentimos y en el recuerdo de la persona que ha muerto. Perdemos el interés por el mundo exterior y abandonamos nuestras actividades de la vida diaria. También, disminuye nuestro trabajo productivo, así como nuestra capacidad de amar. Este trabajo de duelo toma su tiempo y concluye cuando aceptamos la pérdida y recuperamos nuestro interés por la vida.


En la manera de transitar este proceso influyen factores como éstos:


  • Cuánto afecto o amor sentíamos por esa persona que ha muerto.

  • Cuál es la estructura de nuestra personalidad.

  • Cómo han sido nuestras experiencias previas de duelo.

  • Cuáles fueron las circunstancias de la pérdida.

  • Cómo nuestros padres enfrentaron sus propias pérdidas.

  • Cuál es la actitud de las personas cercanas con quienes compartimos el duelo.


El duelo puede complicarse por diversas razones. Una de ellas es haber sufrido pérdidas significativas en la infancia, como la muerte de uno de los padres en etapas muy tempranas de la vida. Entonces, cuando se sufre una pérdida en etapas posteriores, la reacción suele ser desproporcionada.


Otro factor que puede influir en que el duelo se estanque y no logremos seguir adelante es el amor que sentíamos por la persona que ha muerto. ¿Qué significa esto?


Cuando queremos mucho a alguien, tenemos la fantasía de un amor sin condiciones, de que esa persona amada va a satisfacer todas nuestras demandas de amor y cumplir todas nuestras expectativas, lo cual es humanamente imposible. Por ese motivo, todas las relaciones entre las personas son ambivalentes en sí mismas y encierran una hostilidad oculta en el inconsciente, derivada de esas decepciones y frustraciones inevitables.

Parece inadmisible tener sentimientos adversos por nuestros seres queridos, pero la realidad es que sí los tenemos y, en condiciones normales, aceptamos de manera integral a esa persona, con sus defectos y sus virtudes. De la misma manera como nosotros somos aceptados con los nuestros.


Sin embargo, hay relaciones donde prevalecen los conflictos, las fricciones o el distanciamiento emocional. Si esa persona querida muere en un periodo de enojo, una parte de nuestra mente lo vive como si nuestro enojo le hubiera causado la muerte, aun cuando sepamos conscientemente que eso es imposible.


La hostilidad contra una persona que acaba de morir no es bien tolerada. Tampoco está autorizado odiar al padre ni a la madre, por lo que ese enojo y esos reclamos los dirigimos hacia nosotros mismos. Nos devaluamos, nos menospreciamos, y así alejamos ese sentimiento de odio de la persona que amamos y que acaba de morir. Incluso, hay personas que quedan tan identificadas con la persona muerta que hasta pueden desear tener una muerte similar.


Todos esos sentimientos adversos nos generan culpa, y la culpa impide aceptar la pérdida.


En estas circunstancias, disminuye nuestra autoestima, esperamos un castigo y nos sentimos merecedores de sufrimiento. Es como morir con esa persona.


Darian Leader, en su libro La moda negra, lo describe con esta frase: “En el duelo, lloramos a los muertos; en la melancolía, morimos con ellos.” La melancolía se refiere a un duelo patológico, un duelo del que no podemos salir.


Estos duelos pueden convertirse en duelos eternos, como cuando las personas cierran la habitación de la persona que murió y nunca mueven sus cosas, como si siguiera con vida y algún día fuera a regresar.


Lo anterior sucede a menudo cuando se pierde a un hijo.


Cuando muere un hijo, se contradice la ley natural que dicta que los hijos entierran a los padres, y se rompe de manera abrupta la continuidad generacional. Además, surge la culpa porque en lo profundo de nuestra mente sentimos que fallamos como padres, lo sentimos como una falta de amor, y más si se vivía en ese momento una relación complicada de decepciones porque el hijo no estaba respondiendo a las expectativas puestas en él.


Por otra parte, si dejamos de sufrir, se siente como falta de lealtad, como traición o como abandono del hijo, por lo que hay una resistencia a disminuir la tristeza y el sufrimiento, pues constituyen un testimonio del amor de los padres. Todo esto complica y prolonga el duelo. En estos casos, también es importante si era un hijo único, si era el primer hijo, si era adolescente o niño, así como las circunstancias de la muerte, que pueden ser traumáticas.


Es fundamental que los muertos ocupen su lugar en el mundo de los muertos. Además, el recuerdo siempre nos acompaña, y recordar confiere una suerte de inmortalidad.


Cuando un duelo se estanca y se vuelve patológico, es muy importante buscar ayuda psicológica para poder elaborar las culpas y los sentimientos adversos que envuelven al duelo y que impiden transitarlo y seguir adelante.


Finalizar un proceso de duelo nos hace sentir más libres y nos permite recuperar el interés por la vida y por las actividades que solíamos hacer, al tiempo que restablecemos la conexión emocional con nuestras personas cercanas y nos abrimos a las experiencias nuevas que tenemos por delante.


Mtra. Elia Olvera Martínez

17 de agosto, 2026



Referencias

Freud, S. (1917). “Duelo y melancolía”. En Obras completas, tomo 14. Buenos Aires. Amorrortu.

Leader, D. (2014). La moda negra. Duelo, melancolía y depresión. Sexto Piso.

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